Sueños para que los niños olviden la enfermedad

Escrito por Boletin de Noticias. Publicado en Salud, Vida y Estilo

Fecha de publicación: abril 14, 2013 con 0 Comentarios

Unos 200 payasos llevan alegría y reconfortan cada año a 300.000 niños en 162 hospitales de ocho países. Es la obra de la Fundación Theodora, nacida hace 20 años en Lausana de la voluntad de dos hermanos de perpetuar el amor que su madre les prodigó.

“Un niño que va al hospital, especialmente la primera vez, casi siempre tiene  miedo. Más que la enfermedad, lo que lo asusta a menudo es el hecho de no entender lo que pasa, de encontrarse en un ambiente nuevo, lejos de su familia, sus amigos, sus juegos”, observa André Poulie.

El presidente de la Fundación Theodora experimentó esas emociones. A los nueve años, al  jugar con una podadora con su hermano Jan, se cortó parcialmente un pie. En los dos años siguientes, pasó más de seis meses en el hospital de Lausana, donde fue sometido a 14 cirugías.

“Durante 70 años, los hospitales no tuvieron nada para los niños. Eran un poco como cuarteles, hospitales de adultos donde se internaba a los niños. Las reglas eran estrictas: las visitas se limitaban a unas pocas horas, y los amigos no podían acudir, solamente los padres. E incluso a los padres se les pidió que no vinieran con demasiada frecuencia, porque los niños se quedaban aún más tristes cuando se iban”, recuerda André Poulie.

«Dans les années 70, les hôpitaux n’avaient encore rien pour les enfants. Ils étaient un peu comme des casernes, des hôpitaux pour adultes dans lesquels on mettait des enfants. Les règles étaient très strictes: les visites étaient limitées à quelques heures, et les amis ne pouvaient pas venir, seulement les parents. Et même, on demandait aux parents de ne pas venir trop souvent, parce que les enfants étaient encore plus tristes quand ils les voyaient partir», se souvient André Poulie.

Juegos y risas

“Para romper la monotonía de esas largas jornadas, no había prácticamente más que las visitas de mi madre, Theodora, que venía a distraernos -a mí y a los otros niños-  con juegos, libros y su sentido del humor. Trataba de restar importancia a la situación. Durante esos momentos yo no estaba en el hospital, sino en otro mundo”.

Una experiencia que cambiará su vida unos 20 años más tarde, cuando Theodora cae enferma de cáncer. André abandona entonces su carrera de mercadotecnia en Estados Unidos para asistir a su madre en sus últimos días en compañía de Jan. A la muerte de Theodora, los dos hermanos deciden hacer algo para ayudar a las personas enfermas.

“Como nuestro padre también murió de cáncer, al principio pensamos en apoyar la investigación oncológica. Pero una mañana me acordé de un artículo que había leído en Estados Unidos sobre un payaso que reconfortaba a los pacientes en los hospitales de Nueva York y me dije que sería bueno hacer algo similar en Suiza para los niños hospitalizados”.

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