Recuerdos de la noche en la que Ernesto Samper Pizano, Edith Camerano, José Antonio Caballero y yo, pasamos con el Presidente Fidel Castro y el Nobel Gabriel García Márquez.
Cuando hace 30 años el Senador Ernesto Samper me invitó a Cuba no pensé que fuera a vivir una de las noches más interesantes de mi vida. Viajó con nosotros la académica Edith Camerano y en La Habana nos encontramos con José Antonio Caballero. Allí los cuatro nos movilizamos en un viejo Skoda que manejaba un furibundo amigo de la revolución que no hacía otra cosa que hablarnos maravillas de Fidel Castro.
En la capital cubana visitamos sitios de interés cultural, hablamos con autoridades gubernamentales, estuvimos en la Asamblea Nacional, nos tomamos un par de mojitos en La Bodega del Medio y pasamos por La Floridita. Por supuesto que nos divertimos en el Tropicana, fuimos al Malecón y recorrimos la vieja Habana. El Senador Samper se desaparecía a ratos y al cabo de muchos años vine a saber que ante dirigentes del M-19 hacía buenos oficios para lograr la libertad de una hija secuestrada de su amigo don Jaime Michelsen.
El día anterior a nuestro regreso nos dijo Samper que Gabriel García Márquez estaba en la Habana y nos invitaba a comer esa noche en la casa de protocolo que ocupaba en sus frecuentes viajes a Cuba. La reunión fue amena, la comida sabrosa y la conversación con el Nobel interesante y divertida. Cerca de la media noche, cuando comenzábamos a despedirnos, nos dijo Gabo que nos esperáramos un rato porque nos tenía una sorpresa. ¡Sorpresota! Media hora después llegó el Comandante en Jefe Fidel Castro.
Lo acompañaba uno de los históricos de la revolución, el Comandante Barba Roja. No podía creerlo. Desde la Universidad deseaba conocerlo personalmente y esa noche lo tenía a un metro de distancia, vestido con uniforme de fatiga, hablando con su conocida voz suave pero enérgica, gesticulando, preguntando, opinando de lo divino y de lo humano. Habló con conocimientos de la agricultura colombiana, de nuestra economía como el mejor de los expertos con cifras actualizadas y opiniones de la mejor factura. García Márquez y Ernesto Samper fueron magníficos interlocutores, mientras Edith y yo los escuchábamos atentos, con esporádicas intervenciones. García Márquez, gentilísimo, cuidaba de que no faltaran bocadillos ni ron.
Caballero no participó de la charla porque los asistentes del Presidente Castro fueron enfáticos en decir que para esa reunión no clasificaban los periodistas. A lo largo de la noche Samper, Edith y yo le pedimos insistentemente al personaje que le diera una entrevista, a lo que se negó con argumentos respetuosos asegurando que no hablaba con periodistas a tan altas horas de la noche.
Ya era tarde. Habíamos charlado más de tres horas, mejor, el Comandante había hablado sin interrupción todo ese tiempo, sin probar siquiera la copa de vino que toda la noche tuvo en su mano. Solo la acariciaba. En un momento de pausa metí la cucharada y le dije: “Comandante, ¿es cierto que usted estaba en Bogotá el 9 de Abril, cuando mataron a Gaitán?”. ¡Quién dijo miedo! El Presidente de Cuba, alto, elegante, de tupida barba negra, todo vestido de verde oliva, se acomodó en los baldosines sobre los cuales estaba parado y comenzó a hablar entusiasmado, con su conocida voz entre ronca y suave, comentando con precisión fechas y horas, aconteceres, situaciones, antecedentes, personajes, demostrando a sus contertulios que conocía al detalle la vida del mártir, su pensamiento político y el transcurrir entero de esa vida que seguía admirando profundamente.
Castro, lo mismo que centenares de estudiantes de América, había viajado a Bogotá a protestar contra la Conferencia Panamericana de Naciones, en la que participaba como Jefe de la Delegación de los Estados Unidos el famoso general Marshall, héroe de la segunda guerra mundial, quien era el encargado de dirigir la reconstrucción de Europa después de terminado el conflicto. Esa tarde luctuosa de 1948, Castro, de 22 años, y otros jóvenes latinoamericanos tenían cita con Gaitán, a quien el Presidente Ospina Pérez no incluyó en la Delegación de Colombia ante la Conferencia, a pesar de ser Senador y Jefe del Partido Liberal, lo que había generado mucho inconformismo en el País.
El personaje nos contó con pelos y señales la vertiginosa aventura en la que se involucró durante tres días, hasta cuando pudo regresar a La Habana abordo de un avión que transportaba toros de lidia. Reconoció haber participado en la refriega, fusil al hombro, al lado de los amotinados liberales que lloraban a su jefe inmolado. Nos dijo que había vivido intensamente esa revolución frustrada por las indecisiones y falta de liderazgo de la Dirección Nacional Liberal, la cual, a su juicio, terminó maniobrada por doña Berta, la esposa del Presidente.
Tres horas después concluyó el relato, que todos escuchamos hipnotizados, como viendo una película espectacular. Mucho después en El Bogotazo leí la entrevista que le tomó Arturo Alape y no encontré ninguna contradicción o equivocación con el relato de aquella noche extraordinaria.
Por ahí a las 8 am, al despedirnos, el Senador volvió a la carga diciéndole: “Presidente, Caballero trabaja en RCN bajo la orientación de Juan Gossain, y cuando allá sepan que estuvo 7 horas al lado de la sala donde se encontraba Fidel Castro y no fue capaz de tomarle una entrevista, lo van a echar del empleo. Caballero se va a quedar sin trabajo”. El Comandante nos miró a todos, tomó aire con pausa y nos dijo: “Ese si es un argumento revolucionario”.
Todos aplaudimos encabezados por el Nobel, y José Antonio hizo esa mañana una de sus mejores entrevistas. La reunión quedó plasmada en una foto casi artesanal que Edith nos tomó con una cámara desechable de turista a la que solo le quedaba la última foto. Después, cada vez que hablé con el Comandante, siempre recordamos esa noche alucinante.
HORACIO SERPA
Senador de la República
Codirector Partido Liberal




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